Más problemas con los ruidos.

Más problemas con los ruidos.

Hola Pedro, es curioso que en pocos días me habéis planteado dos preguntas similares. La primera se trata de un niño pequeño, en tu caso, un adulto, con un problema de aparición reciente. Una pregunta la tuya, que es necesario contestar con rigor y profundidad. El que te hayan empezado a molestar ruidos cotidianos que antes no te molestaban, como pueda ser el centrifugado de la lavadora, el chocar de los platos o el tráfico, no nos debe hacer pensar en un diagnóstico de hiperacusia sin descartar antes otros problemas.
Vamos a detallar paso a paso cómo deberíamos abordar tu caso, qué patologías sospechar, cómo diferenciar los distintos tipos de sensibilidad y qué pautas de actuación te podemos aconsejar.
1. Primero descartar problemas de oído externo y medio
Antes de evaluar la hiperacusia es obligatorio descartar patologías del oído externo y medio. Un oído con una alteración física o inflamatoria puede reaccionar con una molestia exagerada al sonido debido a cambios en la presión o a una conducción alterada.
Debemos realizar una otoscopia y pruebas complementarias para descartar: 
•    Tapones de cerumen o cuerpos extraños: Aunque parezca contradictorio (ya que suelen causar pérdida auditiva), a veces un tapón parcial o un roce contra el tímpano altera la percepción y genera una sensación de distorsión o molestia con ciertos ruidos de impacto.
•    Otitis (externa o media): La inflamación del conducto o la acumulación de mucosidad en la caja timpánica (otitis media serosa) genera una hipersensibilidad física al dolor y al sonido por el propio estado inflamatorio.
•    Disfunción de la trompa de Eustaquio: Al no regularse bien la presión del oído medio, el tímpano puede quedar en tensión constante, lo que incrementa la molestia ante cambios de presión acústica.
•    Mioclonías de los músculos del oído medio: Contracciones involuntarias del músculo del estribo o del tensor del tímpano que provocan chasquidos o una sensibilidad distorsionada al ruido.


2. Qué sospecharemos ante un oído externo/medio sano y una audiometría normal.
Si la otoscopia es normal, la timpanometría no revela problemas de presión y la audiometría tonal está dentro de los rangos normales (umbrales por debajo de 20 dB HL), estamos ante un caso de tolerancia anormal al sonido. En este punto debemos sospechar de patologías de origen central, neurológico, sistémico o de una disfunción del oído interno: 
•    Pérdida auditiva oculta: La audiometría estándar solo mide los sonidos más suaves que el paciente puede oír, pero no cómo procesa el cerebro el sonido en ambientes ruidosos. Un daño en las sinapsis entre las células ciliadas internas y el nervio auditivo (frecuente tras exposición a ruidos fuertes) puede cursar con audiometría normal, pero con una pérdida de filtros que desencadena hipersensibilidad o acúfenos.
•    Migraña (con o sin cefalea): La migraña vestibular o la migraña común provocan una hiperexcitabilidad cortical (frecuente causa de fonofobia e hiperacusia temporal o permanente). 
•    Alteraciones del sistema nervioso central:
o    El síndrome de fatiga crónica o la fibromialgia cursan con una desregulación del procesamiento del dolor y de los estímulos sensoriales en general (sensibilización central).
o    Trastorno del Espectro Autista (TEA) o TDAH: En adultos, alteraciones en la integración sensorial a nivel cerebral pueden manifestarse tarde o agudizarse ante picos de estrés.
•    Efecto secundario de medicamentos (Ototoxicidad): Fármacos que alteran temporalmente la química del sistema auditivo.
•    Trastornos de ansiedad o estrés postraumático (TEPT): Un sistema nervioso simpático en constante estado de alerta ("lucha o huida") amplifica de manera automática todos los estímulos sensoriales, incluidos los ruidos cotidianos.


3. Una vez que hemos concluido que se trata de un problema de sensibilidad especial a los ruidos, debemos ahondar en los síntomas concretos y distinguir entre tres procesos que tienen en común la molestia por el ruido pero que tienen grandes diferencias entre si. Estos procesos son la Hiperacusia, la Misofonía y la Fonofobia.
Aunque suelen confundirse (y a menudo coexistir), sus mecanismos de origen, desencadenantes y respuestas emocionales son completamente diferentes:
•    En la hiperacusia, los síntomas se desencadenan por el volumen alto, por la intensidad del sonido en general (platos, motores, voces altas). La reacción es de dolor físico, molestia física en el oído o sensación de que todo suena "demasiado alto". Y el problema parece tener origen en una disfunción o ganancia excesiva en las vías auditivas centrales (el cerebro "sube el volumen" de todo).
•    En la misofonía lo que molesta son sonidos específicos y repetitivos, a menudo muy suaves (masticar, respirar, goteo, teclado). La reacción puede llegar a ser de ira extrema, irritación severa o rabia de forma casi instantánea. Parece ser que podría tener origen en una hiperconectividad entre el sistema auditivo y el sistema límbico o de las emociones y de alerta.
•    En la fonofobia puede haber incluso un miedo o anticipación de que un sonido fuerte o molesto cause daño o dolor. Puede producir ansiedad extrema, pánico, sudoración o evitación conductual del estímulo. Puede deberse a un mecanismo de fobia clásica.


4. Consejos prácticos que te podemos dar para solucionar el problema si realmente no hay ningún problema claro en tus oídos que justifique tus síntomas.
Aunque puedes tener tendencia a aislarte para evitar los ruidos, esto suele empeorar el problema. Las pautas fundamentales que te pueden mejorar son:
•    Evitar el uso constante de tapones o cascos canceladores de ruido: Este es el consejo más importante. Si el paciente se aísla del ruido ambiental en su día a día, el cerebro interpreta que el silencio absoluto es el "nuevo normal" y se vuelve aún más sensible al menor ruido cuando se quita los tapones. Los protectores solo deben usarse ante ruidos verdaderamente dañinos (p. ej., taladros, conciertos).
•    En lugar de buscar el silencio total en casa, se aconseja mantener un sonido de fondo suave y agradable (ruido blanco, sonido de lluvia o música instrumental muy suave). Esto ayuda a "calibrar" de nuevo el filtro del cerebro para que los ruidos repentinos (como la lavadora) no contrasten tanto y dejen de percibirse como una amenaza.
•    Higiene del sueño y manejo del estrés: Dado que el sistema límbico y el sistema nervioso central modulan la tolerancia al ruido, un paciente estresado, ansioso o sin dormir tolerará mucho peor los sonidos. Técnicas de relajación o terapia cognitivo-conductual (TCC) son sumamente útiles. 
•    Exposición gradual: No evitar las fuentes de ruido habituales de forma drástica. Si la lavadora le molesta, puede empezar escuchándola desde otra habitación con la puerta entreabierta, permitiendo que el cerebro se habitúe poco a poco.
Y si tus síntomas no mejoran acude a un audiólogo o un otorrinolaringólogo especializado que pueda realizar una prueba de Umbrales de Inconfort (LDL / ULL) para medir físicamente tu tolerancia exacta al sonido y poder diseñar una terapia de reentrenamiento auditivo (TRT) si fuera necesario.